
El edificio del ACA, una huella de la modernidad que todavía perdura en la Ciudad
Mendo Hoy
Hay edificios que cuentan una historia por sus materiales, sus formas o su diseño. Otros lo hacen también por todo aquello que ocurrió dentro de ellos. La sede del Automóvil Club Argentino (ACA) de la Ciudad de Mendoza reúne ambas condiciones siendo una pieza destacada de la arquitectura moderna y, al mismo tiempo, un testimonio de la transformación que produjo el automóvil en la Argentina durante el siglo XX.
Ubicado en la esquina de avenida San Martín y Amigorena, el edificio fue inaugurado en 1940, en una época en la que viajar por carretera comenzaba a adquirir una importancia cada vez mayor.
La expansión del tránsito automotor modificaba las ciudades, impulsaba la construcción de caminos y abría nuevas posibilidades para el turismo. Pero también exigía una infraestructura capaz de acompañar a quienes se desplazaban por un territorio extenso, con estaciones de servicio, talleres, señalización, información y asistencia mecánica. Ante este escenario, el ACA fue uno de los protagonistas de ese proceso.

Una red pensada para recorrer la Argentina
Fundado en 1904, el Automóvil Club Argentino comenzó vinculado al automovilismo deportivo y social. Con el paso de los años, sus actividades se ampliaron y la institución pasó a tener un papel relevante en la expansión de los viajes por carretera.
La década de 1930 marcó un momento decisivo. El ACA, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) y la Dirección Nacional de Vialidad participaron de un proceso que permitió extender una red de estaciones y servicios asociada al crecimiento de las rutas nacionales.
La estación de servicio dejó así de ser solamente un lugar donde cargar combustible. Se convirtió en un punto de referencia para los viajeros y en una pieza de una infraestructura que conectaba ciudades, pueblos y regiones.
Para 1943, la red del ACA contaba con alrededor de 90 estaciones distribuidas por distintos puntos del país.
Había una idea común detrás de ellas, que un automovilista pudiera reconocer, a cientos de kilómetros de distancia, que estaba frente a una instalación perteneciente a una misma red. La arquitectura fue fundamental para conseguirlo.
La modernidad también llegó por las rutas
El ingeniero Antonio Ubaldo Vilar fue una de las figuras centrales en el diseño de esta red. Su trabajo combinó criterios funcionales y principios de la arquitectura moderna con adaptaciones a las características de cada lugar.
La necesidad de construir numerosas estaciones obligaba a establecer ciertos patrones. Pero eso no significaba levantar edificios idénticos en todos los puntos del país.
En las grandes ciudades, las sedes podían adquirir mayor escala y adoptar una estética racionalista, con estructuras de hormigón armado, líneas simples y losas planas. En otros lugares, los proyectos incorporaban materiales y recursos relacionados con el paisaje y la arquitectura regional.
De esa manera, las estaciones podían ser diferentes entre sí y, al mismo tiempo, reconocerse como parte de una misma red.
La identidad no estaba solamente en el edificio. También aparecía en la cartelería, la tipografía, los mapas, los símbolos y otros elementos que acompañaban las instalaciones. Era una forma de construir una imagen de país a través de la arquitectura.
El automóvil comenzó a cambiar Mendoza
La transformación también se hizo visible en Mendoza. A comienzos del siglo XX, los primeros automóviles todavía llamaban la atención en una sociedad acostumbrada a los carruajes y al ferrocarril. En 1905, el coronel Ricardo Alfredo Day fue uno de los primeros protagonistas de la circulación automotriz en la provincia.
Con el tiempo, los vehículos comenzaron a incorporarse a las actividades productivas y comerciales. Algunos bodegueros mendocinos fueron adoptándolos y el automóvil dejó paulatinamente de ser una rareza para convertirse en una herramienta vinculada con el trabajo y los desplazamientos.
Pero para que ese proceso pudiera crecer hacía falta mucho más que vehículos. Eran necesarios caminos transitables, señalización, lugares de abastecimiento y talleres. El territorio comenzó a organizarse alrededor de nuevas formas de movilidad.
A diferencia del ferrocarril, que conectaba puntos determinados mediante una infraestructura fija, el automóvil ofrecía una mayor libertad para desplazarse y permitía llegar a lugares donde el tren no llegaba. Eso también favoreció el desarrollo del turismo y modificó la relación de los habitantes con el territorio.

Una sede con identidad propia
En ese contexto nació la sede mendocina del ACA. Su ubicación en San Martín y Amigorena, en un área central de la ciudad, le otorgó una presencia particular. El edificio debía responder a necesidades concretas vinculadas con la actividad automotriz, pero también formaba parte del paisaje urbano.
Su diseño siguió los principios funcionales que caracterizaron los proyectos de Vilar. Las áreas administrativas y sociales se concentraron sobre avenida San Martín, mientras que la zona de la esquina estuvo relacionada originalmente con el abastecimiento de combustible, los talleres y la atención de los vehículos.
El hormigón armado, las líneas puras y las losas planas expresan el lenguaje racionalista de la época. La construcción también debía responder a las condiciones de Mendoza, una ciudad ubicada en una región sísmica, por lo que las decisiones estructurales tenían una importancia particular. Pero uno de los elementos más llamativos estaba en su propia fachada.

El mapa de la Argentina que miraba a la calle
Entre los componentes más significativos del edificio se encontraba un gran mapa de la Argentina, realizado con piezas cerámicas de distintos colores. La representación del territorio no era un detalle menor.
En una sede perteneciente a una red nacional de estaciones y servicios, mostrar el mapa del país sobre el propio edificio sintetizaba buena parte de su significado: desde Mendoza, el ACA formaba parte de una estructura que buscaba conectar distintos puntos de la Argentina a través de las rutas.
La cartelería, las letras metálicas y la insignia institucional completaban una identidad visual que los automovilistas podían reconocer en diferentes ciudades y caminos. La arquitectura se convertía así en una señal para quien viajaba.
Mucho más que una estación de servicio
Con el paso de las décadas, las necesidades cambiaron. Algunas de las funciones originales dejaron de tener la misma importancia y durante la década de 1990 se produjeron modificaciones en el edificio y en la organización de sus actividades.
Sin embargo, la transformación funcional no borró las historias acumuladas durante décadas. El café del ACA fue escenario de encuentros y conversaciones. Por allí pasaron viajeros, deportistas, artistas y distintas figuras vinculadas con la vida pública de Mendoza.
Esas historias forman parte de una dimensión del patrimonio que no siempre puede observarse en una fachada, la memoria de quienes habitaron y utilizaron los espacios.
Uno de los episodios que quedó asociado al edificio ocurrió el 13 de octubre de 1972, cuando integrantes del equipo de rugby uruguayo Old Christians permanecieron en Mendoza durante su viaje hacia Chile.

Entre ellos estaban Roberto Canessa y Fernando Parrado, quienes poco tiempo después quedarían vinculados a una de las historias de supervivencia más conocidas del siglo XX, luego del accidente aéreo ocurrido en la cordillera de los Andes.
Una pieza de la historia urbana de Mendoza
La historia del edificio del ACA permite mirar el patrimonio desde una perspectiva que va más allá de la conservación de una construcción. Su valor está relacionado con la arquitectura, pero también con aquello que representa una época en la que el automóvil comenzó a modificar las distancias, las rutas, el turismo y la manera de vincularse con el territorio. La sede mendocina fue parte de una red que acompañó esa transformación y que utilizó la arquitectura como una forma de identificación.
Hoy, cuando muchas de aquellas funciones originales quedaron atrás, el edificio conserva las marcas de ese proceso. Sus líneas racionalistas, su ubicación, los elementos que aún remiten a la identidad del ACA y las historias asociadas a sus espacios permiten reconstruir una parte de la Mendoza del siglo XX.
El patrimonio de una ciudad no está compuesto solamente por edificios antiguos, también está en aquellas construcciones que permiten entender cómo una sociedad cambió, qué incorporó tecnologías y de qué manera comenzó a relacionarse con un territorio que, gracias a las rutas y al automóvil, parecía cada vez más cercano.




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